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LA PRIMAVERA MUERTA EN EL TEJADO

 

Texto: Patricio Manns

Música: Patricio Castillo

 

LA PRIMAVERA MUERTA EN EL TEJADO”  cuenta la historia de una mujer que muere combatiendo en el tejado de su casa. Ella resistía a las fuerzas del golpe militar fascista del 11 de septiembre en Chile.

Esta obra está dedicada a la Mujer Chilena y a su heroíca lucha.

 


 

I.    CUANDO APARECIÓ

 

Recostada,

desnuda de toda hipocresía,

vestida de toda

responsabilidad,

la vieron los vecinos sobre el espléndido tejado

mascullando con furia los disparos intactos

hacia los uniformes

que poblaban feroces

la calle enteramente palpitante.

 

Piernas finas y largas ceñidas de mezclilla,

voz de mapas perdidos,

cintura de provincia,

torso enfundado

en una blusa brisa

que agitaba el humeante estertor del invierno.

Y sus pequeños pechos de diecisiete siglos,

de diecisiete leches en sus cántaros dulces,

cubriendo la muralla

de piedra,

su refugio,

en donde el mar de tejas tenía sus rompientes.

Y luego: el matorral de cabellos revueltos,

sacudido en el aire como el ala de un cuervo,

los ojos incendiados fusilando la calle,

la boca desplegando

su rabia

grito

a

grito.

 

Y en la mano derecha la pistola

(un pájaro enervado y negro)

con que soñaba perforar los tanques.

 

II.    LAS MANADAS

 

Devorando calles,

sucediendo escombros,

galopan miedosas manadas vestidas

de terror y asombro.

 

Todo hueco es aire,

toda vena es río

(un zapato duerme cual caballo muerto),

cualquier bala es frío.

 

Se derrumba el árbol,

se desploma el muro.

Ni la vieja cumbre, ni el valle perdido

son lugar seguro.

 

Calcinado el hueso,

amarrado el llanto,

a oscuras el buitre sediento planeaba

su festín de espanto.

 

Quemó las banderas,

mutiló las actas,

dió lumbre a las hachas que derrocan bosques,

briosas y compactas.

 

Pudo agriar el año,

vejar siglo y ruego,

pero es la conciencia combustible errante

del secreto fuego.

 

Porque la conciencia

vocea profunda

su soporte antiguo que impide que el peso

contrario nos hunda.

 

Porque la conciencia

es manada brava,

que antes llevaría la tierra a cenizas

que la raza a esclava.

 

III.  PICHONA SIN PICHÓN

 

Pichona sin pichón, águila suave,

de repente surgida desde el techo,

sola estaba,

de bruces

procurando

derribar sobre el pecho de la calle

cuanta sombra y su hombre le faltaran

el silencio a su clara palomera,

salpicada de cólera y de orgullo.

 

El invierno quemaba fragores insolentes,

rugiendo sus volcanes rabiosos.

Sus relojes

fundían debajo de los pliegues

el incierto tic tac del mediodía

ardiendo.

Los vecinos no vieron lo que vieron,

apenas cazadores que pasaban.

 

Y por fin la encontraron,

dieron con la paloma,

bocabajo en las tejas,

disparando su enojo.

Y apuntaron las armas enemigas y aleves,

numerosas de siempre y de memoria.

 

Pichona sin pichón, águila dulce,

hija del techo,

roja enredadera,

solitaria

violeta

tumultuosa,

defendiendo el enigma de su pueblo,

la humillada bandera de sus muertos,

el respeto a su clara palomera

salpicada de cólera

y

de

orgullo.

 

IV.  EL SOLDADO CIEGO

 

En el parque de enfrente

las hojas fueron rotas

por ráfagas tenaces

hasta no tener término.

Encima del tejado,

bamboleante y sonora,

cada estampido aullaba

la respuesta precisa.

Luego el cerco de cascos

y bayonetas ávidas

escaló las paredes

de las casas vecinas.

Atacó circulando

por los flancos del aire

y rellenó de fuego

los mayores tejados.

 

Hasta

que un ciego

soldado campesino

- recién, recién cortado

de aquél

su sembrado –

con el sucio y

deformante uniforme,

con sus zapatos grandes,

su gran

oscuridad,

chapoteando en la noche de la ciega conciencia,

en el solemne y corto momento interminable

en que el mundo paró su balbuceo,

oprimiendo su dedo y su alegría,

le colocó en la sien

una amapola,

esta amarga amapola de

la muerte.

 

Ella

juntó

los labios contra el muro.

Con cálida dulzura

posó

la cabeza.

Ella

tornó

de cisne la cabeza,

desamarró los brazos,

negó

su fatiga.

 

Un mechón de cabellos resbaló hacia la calle,

la ampola deshizo sus primores exactos,

descendiendo por ellos en un hilo.

Nació bermejo un charco.

Y la paloma

tembló de piernas,

se durmió enseguida,

amortajada por el sol

oscuro.

 

V.    CUANDO SE FUE

 

Para todos la Patria o para nadie

decía escrito en tiza

en la muralla,

donde estaba su muerte

floreciendo.

De allí se la llevaron

(flor de sangre);

el tejado volvió a ser

el tejado.

Y el que canta nubló

sus ojos grises.

 

Ya nadie sabrá nunca

su alto nombre,

nadie verá el candado que cerrará

su hambrienta

boca

suave,

sus pupilas.

Nadie el lugar

de la ciudad enferma,

en que senbraron bajo dulce

tierra

su honor ensangrentado

y su coraje.

 

Pero veremos

florecer segura

- como vieja

escritura renovada

por las tenaces tintas

de la sangre –

su primavera

muerta

en el tejado

el once de septiembre

(a mediodía),

el once de septiembre

(bajo el humo).

el once de septiembre

(a sangre llena).

 

Recuérdalo.

Recuérdalo.

Recuérdalo.

Recuérdalo.

Con odio.

Con amor.

................

Recuérdalo.